Antes, no se preocupaba tanto por su alma. No deseaba encontrar una especie de aseguradora, alguien que le garantizara que siempre iba a tener esa conciencia que hemos dado en llamar alma, que se la repusiera o restaurara o lo indemnizara de alguna manera por pérdida total y entonces él pudiera conseguirse otra de mejor calidad, o similar. Pero sabía que no había empresa tal. Lo curioso es que ahora el alma se le ha desenganchado, aflojado, ha perdido un seguro, un tornillo y es totalmente fácil dejarla en cualquier parte, y aunque la mayoría de las veces se le puede considerar un ser desalmado, no puede dejar de llorar.
Oro, caballo y hombre
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Ambición y desastre se juntan en un cuento clásico del mexicano Rafael F.
Muñoz (1899-1972).
Hace 5 semanas


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